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janvier / juin 2013  -janeiro / junho 2013

 

Espacios universitarios en las rutas feministas en la Argentina  a principios del siglo XX

Mirta Zaida Lobato

(…)  la mejor revolución es la que se hace con las ideas: que la pluma es más poderosa que la espada y la esgrimirá  sin  vacilar”. La Nueva Mujer, Año 1, Nº 1, 1910.

 

RESUMEN

 

En este artículo se analiza la circulación de algunas ideas feministas y sobre la situación de las mujeres en la Argentina entre fines del siglo XIX y principios del XX, a partir del presupuesto de que  la constitución de ciertas nociones y su recepción en diferentes lugares es un proceso complejo en cuyo transcurso se van produciendo transformaciones e hibridaciones producto de lecturas localizadas social, cultural y geográficamente. En particular se examina la difusión de ideas y nociones del campo en ámbitos universitarios de la ciudad de Buenos Aires.

Palabras clave: ideas feministas,  universidad, Argentina.

 

Un estudioso argentino señaló que el feminismo era una de las ideas importantes que recorrían el campo político e intelectual a fines del siglo XIX. Como es sabido el feminismo fue una ideología clave en el siglo XIX y su núcleo central estaba concentrado en examinar profundamente las condiciones sociales, culturales y políticas de las mujeres, en analizar pormenorizadamente las situaciones desventajosas en las que vivían y los significados de las desigualdades que se creaban. Fue un modo también de plantear las soluciones al estado de injusticia que afectaba al conjunto de las mujeres en la mayoría de los países, sean ellos americanos o europeos.  Aunque puedan señalarse asincronías en los desiguales estados americanos las ideas feministas se expandieron en la mayoría de ellos entre fines del siglo XIX y principios del XX en sus diferentes vertientes: liberales, anarquistas y socialistas (Lavrin, 2005; Rago, 2006). Desde mediados de la década del setenta del siglo pasado, muchas investigaciones se han concentrado en el análisis de las últimas oleadas feministas del siglo XX y de la creación de organismos de la sociedad civil, de instituciones gubernamentales y de centros de investigación en las universidades latinoamericanas (Gil Lozano, 2006; Rago, 2006, Lamas, 2006 e Iglesias Saldaña, 2006; Lypszyc, 2005).

Aunque es mucho lo que sabemos sobre las teorías y las prácticas feministas quisiera revisar en este artículo la circulación de esas ideas en la Argentina entre fines del siglo XIX y principios del XX, partiendo de la presunción de que  la constitución de ciertas nociones y su recepción en diferentes lugares es un proceso complejo en cuyo transcurso se van produciendo transformaciones e hibridaciones de lecturas localizadas social, cultural y geográficamente (Femenías, 2005). Parto también del supuesto que en ese momento histórico se configuraron diferentes campos (intelectuales, artísticos, literarios, profesionales) y que además comenzaron a establecerse relaciones profesionales e institucionales, dentro y fuera de cada país, que facilitaron la circulación de ideas en reuniones de diverso tipo y en publicaciones. Específicamente voy a concentrarme en el análisis de la circulación de ideas feministas en ámbitos universitarios de la ciudad de Buenos Aires.

 

Ernesto Quesada ¿un intelectual feminista?

 

Ernesto Quesada fue una figura relevante del campo político e intelectual en el país  que prestó mucha atención a los fenómenos urbanos de la modernidad. (Terán, 2000:209). Miembro de una familia acomodada conocía el mundo porque había seguido a su padre por Brasil, Estados Unidos, España, México, Alemania, Austria y Rusia. El había estudiado en París y compartía las ideas sobre el carácter científico de las ciencias sociales con otros políticos e intelectuales argentinos. Fue profesor en la universidad de Buenos Aires y, desde ese lugar, irradió formas de pensar y analizar diversas cuestiones vinculadas con la cuestión social. En 1904 Ernesto Quesada inauguró la cátedra de sociología en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires y desde 1907 enseñó también en la Facultad de Derecho de la Universidad de La Plata (Zimmermann, 1995: 84-89). En 1915 presidió la sección sobre trabajo, previsión y asistencia social del Congreso Americano de Ciencias Sociales en la que participaban Alfredo Palacios y Horacio Rivarola - entre otros- y su conferencia “La cuestión obrera y su estudio universitario” fue publicada en el Boletín del Departamento Nacional del Trabajo en su primer número y como folleto por Librería Menéndez en 1907. [1] Formó parte de un grupo más amplio pero no tan numeroso que desde la cátedra universitaria le dio legitimidad a las cuestiones sociales en ese ámbito pero también fuera de él. Se convirtió como señala Altamirano (2004: 33) en una autoridad cultural cuyo fundamento era la investigación académica.

Viaje y estudio estuvieron presentes a lo largo de su vida.  Ernesto Quesada era miembro de una distinguida familia y el apellido está asociado con la vida política e intelectual en el período que aquí se privilegia (Buchbinder, 2012:13). Los espacios de sociabilidad de los miembros de la elite son ampliamente conocidos: a través del esparcimiento en los salones, de los bailes, de las visitas a las estancias, la participación en clubes -como el del Progreso- se fueron afianzando contactos  personales y sociales. Los ámbitos universitarios se convirtieron también en lugares privilegiados para el desarrollo de vínculos importantes y en sus aulas se compartían lecturas y se conformaban lazos de afinidades intelectuales, políticas y afectivas. Los viajes de estudio y hasta las relaciones personales y amorosas constituían el entramado intelectual de una persona. Como ha señalado Sandra Carreras (2008), Quesada estableció estrechos lazos con Alemania y con el pensamiento de Oswald Spengler, con el apoyo seguramente imprescindible de Leonore Deiters con quien vivió hasta su muerte. Por otra parte Spengler había sido marcado por la lectura de Ernst Haeckel autor que tuvo una amplia difusión en la Argentina (Terán, 2004 y 2000, Barrancos, 1996).

En 1898 Quesada colocó en la mesa de debate el tema de la desigualdad femenina cuando le habló a una audiencia mayoritariamente femenina, que había organizado una exposición de sus habilidades (bordados, encajes y telas pintadas). El pensaba que a pesar de todas las reformas legislativas, y como consecuencia de ella, se había consagrado la “injusta desigualdad de la mujer […] sometiendo a aquella a perpetua tutela: de los padres primero, de los esposos, y de los jueces por último” (Quesada 1899:13) Consideraba también que la exposición que se había organizado constituía un marco adecuado para promover la discusión sobre la condición laboral, educativa y social de las mujeres, pues era imperioso encontrar soluciones al problema.

El tema de la “injusta desigualdad de la mujer” ha sido ampliamente analizado desde hace varias décadas por una vasta literatura que ha rastreado, desmenuzado analíticamente y criticado posturas teóricas que se habían convertido en sólidos fundamentos de la teoría y del derecho patriarcal. Sin embargo y desde mi punto de vista todavía son insuficientes los estudios en Argentina que aborden un estudio empírico de las rutas de las ideas feministas.

Quesada, como Adolfo Posadas en España, hablaban de la “cuestión de la mujer” en círculos intelectuales reducidos en número hacia fines del siglo XIX. Para esa época los debates feministas habían colocado escollos importantes en las versiones que habían dado forma a la inferioridad, subordinación y desigualdad de las mujeres en Europa y en Estados Unidos y ellos conocían esos debates y los tomaban y reelaboraban en sus conferencias, cursos y publicaciones.

En 1898 Quesada le habló a un público femenino que venía bregando por el reconocimiento de derechos civiles iguales a los que gozaban los hombres  y, como él era un observador (y consumidor) atento de los saberes modernos, no pudo eludir las referencias al feminismo. Destacó la transformación doctrinaria que significó la aparición de los escritos de Mary Wollenstonecraft así como la formación de clubes y la edición de periódicos feministas en la convulsionada Europa del año 1848 o la organización de congresos feministas y exposiciones universales como las de París en 1889 y Chicago en 1892. Es evidente entonces que a través de clubes y asociaciones, publicaciones y congresos circulaban ideas y prácticas cognitivas y políticas, entre ellas las feministas. La cita de autoras como Wollenstonecraft constituye al menos una huella de la circulación entre intelectuales porteños a fines del siglo XIX de la  Vindicación de los derechos de la mujer, un texto de 1792, donde se planteaba la disyuntiva entre igualdad y diferencia.

El reconocimiento de la injusta desigualdad encontraba su límite cuando la “cuestión de la mujer” se mezclaba “con la cuestión social”, otro gran tópico de debate en la época. Desde su perspectiva el real problema radicaba en que no todas las mujeres se casaban y en consecuencia buscaban otro ideal (el tema del hogar y los hijos es crucial en muchos sentidos); en segundo término pensaba que el crecimiento del consumo (en una sociedad que se había transformado aceleradamente en la segunda mitad del siglo XIX)  hacía que la actividad de los hombres fuera insuficiente para sostener una familia (lo que contribuye a consolidar la idea del varón proveedor); y, por último, que las mujeres solteras se veían forzadas a obtener los recursos para satisfacer las necesidades de la vida (el trabajo como necesidad). [2] De modo que las exigencias de la vida material impusieron como solución la admisión de las mujeres en los talleres, aunque con salarios inferiores. Para Quesada el diagnóstico y la solución era transparente, si la mujer dependía del hombre, si estaba obligada a trabajar, si no era educada era un imperativo modificar ese estado de cosas.

El reconocimiento de la cuestión social, que la visibilidad del mundo del trabajo volvía ineludible, y la cuestión de la mujer, que convertía al trabajo femenino fuera del hogar en un problema porque era empujada al taller, lo que afirmaba la desigualdad entre los sexos en todos los órdenes, se unían con una tercera dificultad que también emerge del  texto de Quesada: la cuestión nacional. Era necesario definir un sujeto nacional en un país profundamente transformado por el fenómeno inmigratorio, en particular en la región litoral argentina, y las mujeres jugaban un rol importante en esa enunciación (Lobato,2000 y Nari; 2000 y 2004).

Veinte años más tarde  Ernesto Quesada volvió sobre el tema en una conferencia dada el 21 de enero de 1920, en el Consejo Nacional de Mujeres, donde retomaba los argumentos de su conferencia de 1898, planteaba cuestiones relacionadas con la igualdad civil pero, sobre todo, señalaba los límites del feminismo o, según sus palabras, sus debilidades. Para él esos límites eran la idea de liberación o independencia de la mujer, el uso del concepto de “mujer creadora” y la consideración del feminismo como negación de la esencia de la feminidad (Quesada, 1920: 3-26). Desde su perspectiva, la libertad es individual, la libertad económica y política es colectiva, y la función de la mujer es realizarse en la maternidad. Por eso opone la fecundidad a la creación intelectual y considera que en su desenvolvimiento el éxito de una afecta a la otra. Expresaba también que “si el movimiento feminista satisfacía la idea fundamental de lo femenino, no quedando ni un detalle que no esté a su modo glorificado, entonces sólo debe propender -pues trae consigo el amor, desde que nace, cosido al corazón- a que la mujer sea madre, en el sentido literal y figurado: el principio de la fecundidad y el de la conservación de la vida” (Quesada, 1920:18). Las nociones de amor y cuidado como parte constitutiva del sujeto femenino aparecen claramente enunciadas. Estas ideas estaban asociadas con determinadas actividades laborales, por ello reafirma que las mujeres desempeñan las mejores funciones cuando sus actividades se relacionan con los cuidados maternales: la beneficencia pública, la asistencia y educación de los niños o el cuidado de enfermos. Lo que hoy llamamos la ética del cuidado. Para él si las mujeres entraban a fábricas y talleres o a las tiendas como empleadas lo hacían principalmente preocupadas por la vida e insistía en que la “misión específicamente femenina” era “la conservación de la vida”, esto era  lo visible y evidente aunque la mujer participara en la vida pública. El paso entonces entre la maternidad física y la maternidad social era muy pequeño.

 

La universidad: un ámbito para la producción y divulgación de ideas

 

La Universidad de Buenos Aires, fundada en 1821, había organizado al final ese siglo la mayoría de sus facultades  y en ella se habían formado generaciones de intelectuales y cuadros políticos. En 1901 Elvira López presentó la tesis titulada El movimiento feminista para optar al grado de doctora en Filosofía y Letras (López, 1901).  Fueron sus padrinos los doctores Rodolfo Rivarola y Antonio Dellepiane. El primero era catedrático titular en Psicología y el segundo en Historia Universal.  Rodolfo Rivarola fue años más tarde el fundador de la Revista Argentina de Ciencias Políticas que se editó entre 1910 y 1928. Destaco esta conexión pues la revista bajo su dirección no sólo se preocupó por temas relacionados con el régimen republicano, por el federalismo, el sufragio o la división de poderes sino también por los derechos civiles, la legislación social y la llamada “cuestión obrera”. En sus páginas tuvieron cabida los debates sobre los derechos civiles de las mujeres, sobre el sufragio femenino y sobre legislación laboral. Como señala Darío Roldán (2006:17-18) en ella participaban abogados que buscaban intervenir públicamente pero además vincular la cátedra universitaria con la conformación de una opinión pública. Esa práctica incluía los problemas relacionados con la condición femenina en el plano civil, político y social.

La revista se planteaba como “órgano de ideas y estudios de interés general y de libre discusión, evitando todo peligro sectario, excluyente o partidista”. [3] Además incluía comentarios de libros lo que favorece el conocimiento de las publicaciones sobre temas diversos. Ernesto Quesada escribió en esta revista en numerosas oportunidades. Además las conferencias y los contenidos de los cursos dados por Rivarola, Quesada e incluso el español Adolfo Posada se publicaban tanto en las revistas más especializadas como en la prensa comercial.

En la Facultad de Filosofía y Letras, Rodolfo Rivarola fue  profesor en la cátedra de Ética y Metafísica y, como señala María Spadaro (202:93),  introdujo a Kant en sus cursos. Él fue  uno de los consejeros de Elvira López, la primera mujer que obtuvo el título de doctora en esta institución de educación superior. De modo que para pensar las rutas del feminismo un paso importante es revisar un momento “fundacional” de la reflexión académica a principios del siglo XX (Barrancos 2002:91; Spadaro, 2002:93).

El movimiento feminista, la tesis de López, tiene un objetivo claro: analizar el desarrollo de ese movimiento. Las metas que se propone abordar pueden convertirse, aún hoy, en un programa de investigación. Analiza la evolución y desarrollo de los feminismos en varias naciones europeas, Estados Unidos, Canadá, África, India y en la Argentina y plantea la importancia de la instrucción de la mujer para transformarse ella misma y a la sociedad. Presta atención a la condición femenina a lo largo del tiempo, la educación, la formación profesional, los derechos (económicos, civiles y políticos). Sólo un capítulo, el XV,  está destinado a examinar la peculiar situación en Argentina y el último refiere a los congresos feministas internacionales (Lobato 2002).

Por la época en que Elvira y Ernestina López iniciaron sus estudios la presencia femenina en las aulas universitarias era excepcional. La Facultad de Filosofía y Letras había sido creada en 1896 y, pocos años después, sólo unas pocas mujeres habían obtenido sus diplomas en las distintas disciplinas que en ella se cursaban. En el año en que López defendió su tesis otras tres jóvenes, María Atilia Canetti, Ana Mauthe, y Ernestina López, hermana de Elvira, hicieron lo mismo. Elvira López eligió un campo de estudio poco frecuentado por las mujeres a principios de siglo en nuestro país: la filosofía. A fines del siglo XIX era más frecuente que las aulas y pasillos de la Facultad de Medicina albergaran a unas pocas mujeres como Cecilia Grierson y Elvira Rawson, quienes se graduaron en 1889 y 1892 respectivamente.

Independientemente de la disciplina que eligieran, las universitarias de esta época compartían la experiencia de ingresar a territorios profesionales que se afianzaban bajo el dominio de los varones. Todos ellos eran hombres prominentes de la élite. Sólo como ejemplo basta decir que el decano de la Facultad de Filosofía y Letras era Miguel Cané y académicos titulares eran Indalecio Gómez, Joaquín V. González, Rafael Obligado, Estanislao Zeballos y el mismo Rivarola entre otros. Algunos de ellos formaban parte del cuerpo docente e integraban las “mesas de tesis” como García Mérou, García Velloso, Lafone Quevedo, Matienzo.

En la tesis López es posible identificar las lecturas que fundamentan la importancia de la “justicia distributiva” de la que eran partidarias las feministas. Ella identifica la existencia de una “causa de la mujer” que la rescate de su situación de subordinación ya que le permitiría “ganar su subsistencia con las mismas facilidades que el hombre (…) para que no se vea lanzada en las vías de la perdición a que muchas empuja la miseria” (López, 1901, 17). Para ella el trabajo es preferible a la “perdición” y en este sentido comparte un modo extendido de pensar el trabajo femenino como necesidad y en constante tensión con la moral. Trabajo y virtud eran figuras contrapuestas (Lobato, 2000, 2005, 2007).

 

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Según sus palabras, las mujeres no están solas en sus reclamos de mejoras: “pues se han declarado en su favor publicistas, sociólogos y filósofos de la talla de Stuart Mill, que ha merecido ser llamado el piloto del siglo” (López, 1901:17). Elvira López destaca que la solución de la situación de inferioridad de las mujeres  necesita de la eliminación de las restricciones y que no se admita “poder ni privilegio para unos ni incapacidad para otros”. Como dice Spadaro  (2002:96) su idea de justicia se vincula estrechamente con el concepto de igualdad aunque hay matices y no todos sus significados pueden ser aceptados o rechazados. Pero la igualdad está en permanente tensión con la diferencia por eso sostiene que “Es preciso que la mujer pueda practicar todas aquellas profesiones que no sean contrarias a su dignidad y a su sexo. La mujer debe ser siempre mujer; no saliéndose de su esfera es como puede estar segura de conseguir el triunfo de su causa” López, 1901:20).

Según la tesista, las opiniones de los “ filósofos y escritores […] por la novedad o por la resonancia que han tenido, no pueden ser olvidadas” (López, 190:17). Otra vez da cuenta de sus lecturas Proudhon, Comte, Michelet, Spencer, frecuentemente mencionados y estudiados en la Argentina. Pero también cita a Concepción Arenal a quien reinterpreta ya que destaca la importancia de una educación que vaya más allá de la conveniencia para el hombre y la familia. Se podría afirmar que el tema compartido con la pensadora española es el papel fundamental que se otorga a la educación e instrucción de la mujer. Para López 

“[...] las jóvenes necesitan recibir una educación tal que les permita revelar sus facultades especiales, y a las que no son ricas, elegir una carrera, para ponerse, llegado el caso, al abrigo de la miseria” (López, 1901 : 20).

El mundo es su laboratorio de observación, allí están las experiencias, los estudios, las lecturas, las formas en que se resuelven los problemas. Pero no es mera copia, se trata de una reflexión localizada (situada) donde las marcas de la autoctonía (el contexto argentino, la herencia española) se comparan para mostrar las coincidencias y las disidencias (Femenías, 2005:10).

En la tesis se advierte también sobre una de las rutas posibles del feminismo del siglo XVIII inglés y la figura es, como en Quesada, Mary Wollstonecraft. El derecho a la educación (“una instrucción sólida y completa”), al trabajo y a la libertad política son los reclamos y, posiblemente por eso,  califica a la “Reivindicación de la mujer” (sic) como una obra “notable y adelantada para la época”. Pero también existen otros caminos pues la idea feminista se irradia desde Suecia y Noruega, de Finlandia, donde se han realizado “los mayores progresos”, de la poca conocida Bulgaria y de Francia.  En el territorio americano el camino parte del norte, de los Estados Unidos.

Sobre el trabajo femenino señala Elvira López que es necesario para la sociedad de su época y destaca también la insuficiencia del salario, situación reconocida también por Ernesto Quesada y frecuentemente denunciada por la prensa gremial y la anarquista y socialista. Escribe que “los oficios como la confección de vestidos, lencería y costura desbordan de trabajadores y sus salarios son insuficientes” y que “las pobres costureras ganan para no morirse de hambre”. Realiza también un inventario de la situación de las obreras “en el viejo mundo” y concluye, una vez más, que los salarios son siempre inferiores  a los de los hombres (López, 1901: 202-241). Esta constatación y su pervivencia hasta el presente obligan a pensar las razones de la persistencia de este patrón de desigualdad y discriminación.

 Además identifica claramente que las mujeres se desempeñaban por  un lado en la fábrica o el taller y por otro en el trabajo a domicilio. Sobre este último señala que “Para las que trabajan en sus hogares las situación no es mucho mejor; las condiciones higiénicas son generalmente peores que las del taller, su labor se prolonga indefinidamente en las horas de la noche sin control ninguno, y los hijos son sacrificados muchas veces para ayudar a las madres; por todas estas consideraciones, se habla a veces, de suprimir el trabajo a domicilio; sin embargo son generalmente las más débiles las que lo realizan (…) por consiguiente una medida radical como la que indicamos antes, vendría a herir a las más débiles, a las más necesitadas, condenándolas a perecer”. Aunque el trabajo fabril no puede ser desdeñado ella está más interesada en describir la incorporación de las mujeres en las profesiones liberales y en el comercio,  actividades que considera como más apropiadas para ellas.

López analiza también los congresos feministas internacionales como el Congreso Internacional de las Obras e Instituciones Femeninas (París, 1889), el de Londres de 1899, el Congreso internacional a favor del desarme y de la paz (París 1900), los congresos contra la “trata de blancas” de Londres y Bruselas (1900) y el Congreso internacional de las madres de Washington de 1898. La realización de  congresos nacionales e internacionales fue (y es) una base importante de la propaganda feminista, pero no sólo de ella. Es conocido el proceso mediante el cual los y las congresistas opinan, presentan  investigaciones y tejen redes de afinidades. En muchos de los congresos feministas de fines del siglo XIX los temas tratados estaban estrechamente relacionados con los tópicos de la cuestión social: “mejorar la suerte de los desvalidos y asegurar la protección de los débiles” pero también se presentaban temáticas relacionadas con la filantropía, la moral, la educación, la vejez, la protección y la legislación.

Por otra parte, la tesis de López fue presentada nueve años antes de la realización del  Congreso Femenino Internacional organizado por la Asociación de Universitarias Argentinas, para entonces sus ideas probablemente se habían afirmado. Formó parte del grupo de organizadoras del evento pues aparece como “personal” de la segunda sección destinada a debatir temas relacionados con derechos. Integraban esa comisión otras militantes feministas de la época como Elvira Rawson de Dellepiane, Julieta Lanteri, Petrona Eyle y Sara Justo. Además presentó una comunicación sobre “las industrias nacionales” femeninas en las escuelas profesionales.

El lugar de la formación profesional estaba en debate y ella consideraba que en las escuelas establecidas en las provincias debían adueñarse de los conocimientos de las “industrias locales” como el tejido de ponchos y mantas, el trenzado de la paja y del cuero y la conservación de frutas en tanto constituyen “los medios de vida de casi todas las mujeres de la clase pobre” para mejorarlos y enseñarlos nuevamente prestando así una doble contribución: “a las mujeres que necesitan vivir de una labor y al mismo tiempo al progreso de las industrias nacionales” (Primer Congreso Femenino Internacional, 1911:123). Fue también una de las oradoras en la sesión de clausura, la otra fue la delegada por el Paraguay la doctora Serafina Dávalos,  una reconocida militante feminista de ese país. Dávalos denunció en su discurso la inequidad de los salarios femeninos y masculinos como consecuencia de la ausencia de una reglamentación adecuada. La relación equidad democracia aparece claramente expresada cuando considera que la situación de inequidad continuará

“[...] hasta que las mujeres tomen participación activa en la organización política del país y en las marchas de los gobiernos, velando por el interés de su sexo” (Primer Congreso Femenino Internacional, 1911: 494-495).

El tema de la desigualdad salarial como parte de un mundo laboral inequitativo se denunció abiertamente y se votó una resolución que decía:” El Congreso Femenino Internacional considerando que el trabajo femenino peor retribuido y más extenuante para la mujer es el que realiza en su domicilio, hace votos para que las asociaciones femeninas se preocupen seriamente de esta cuestión, a fin de mejorar cuanto antes la situación de dichas obreras” (Primer Congreso Femenino Internacional, 1911: 495).

Las actas del evento constituyen una fuente importante para pensar los vínculos que se generaban en ese ámbito, así como es una evidencia sobre la constitución de redes de solidaridad y afinidad política e intelectual. [4] De acuerdo con los objetivos del Congreso ellas querían “establecer lazos de unión entre todas las mujeres del mundo”, “vincular a las mujeres de todas las posiciones sociales a un pensamiento común”, “modificar prejuicios, tratando de mejorar la situación social de muchas mujeres”.  En la época de los festejos del Centenario de la Revolución de Mayo, los congresos comenzaban  a desarrollar lazos entre personas, conocimientos y experiencias de las diversas partes del mundo. [5]

Así fue expresado además en el discurso inaugural de Ernestina López: “el Congreso Femenino Internacional, intenta echar un puente entre todas las mujeres de todas las posiciones sociales, entre las obreras de todos los gremios, entre las que trabajan en el silencio del hogar y en la acción militante de las asociaciones” (Primer Congreso Femenino Internacional, 1911: 59). Las diferentes lenguas no serían un obstáculo para las comunicaciones pues se dispuso que se hablara en castellano, francés, italiano, alemán, inglés y ruso; y conscientes de que ello podía convertirse en una limitación se estableció la presencia de intérpretes. De acuerdo con la lectura de las actas del Congreso los problemas sobre la participación de las mujeres en el mercado de trabajo estuvieron presentes en todas las secciones desde diferentes ángulos (Primer Congreso Femenino Internacional, 1911: 58). De modo que queda claro que las organizadoras, universitarias o no, habían establecido redes y publicaciones, creaban asociaciones y organizaban reuniones como espacios privilegiados para el debate.

En 1908 otra mujer obtuvo su doctorado en la Facultad de Filosofía y Letras. La doctora Hermosina Aguirre de Olivera. Ella presentó una tesis sobre El factor económico en la historia, bajo la dirección de José Nicolás Matienzo y Juan Agustín Garcia (Aguirre de Olivera, 1908). No sabemos cuánto de interés personal estuvo en la elección del tema pero es cierto que el factor económico como clave explicativa de procesos políticos fue utilizado ampliamente por su director. Es probable también que su inquietud intelectual estuviera motivada por la necesidad de entender la dominación patriarcal. Su tesis es un trabajo demasiado breve, no despliega como Elvira López sus ideas pero analiza la importancia de las nociones de estructura y superestructura en Marx y se apoya en Federico Engels para expresar que el antagonismo entre las clases fue coincidente con el “desarrollo del antagonismo entre la mujer y el hombre en la monogamia y la primitiva opresión de clases con la del sexo femenino” (Aguirre de Olivera, 1908:12). Propiedad, trabajo y matrimonio fueron escrutados brevemente, lo mismo hace con las ideas centrales de Marx, Engels, Durkheim, Comte, Le Play y Labriola entre otros.

En algunos pasajes Aguirre de Olivera parece estar deslumbrada por las ideas socialistas. Según sus palabras, el “espíritu democrático” y “la antipatía moral contra los vicios de la burguesía” se produjo, a partir de contradictorios y heterogéneos elementos que dieron lugar a

 “[...] la aparición del grandioso  y en parte fantástico drama de la lucha de clases a través de los siglos, trágica historia de Adán, de discretas victorias, cerrada por fin con la dictadura del proletariado por la revolución universal que cambiará con las bases económicas del estado toda la vida social y moral; de aquí la aparición de todo el programa teórico y práctico del socialismo, la visión apocalíptica de todo el mundo dividido en una lucha suprema, en dos campos, de todo el proletariado mundial unido en un solo conjunto en guerra con una moral, una ciencia, un arte, una política propia, contra la burguesía atrincherada en otra política en otra económica (sic). Esta creación es en el fondo un verdadero poema; un poema tan poderoso que pudo transformarse en acción, en el alma de millones de hombres por todos los territorios…” (Aguirre de Olivera, 1908:15-16).

La cita nos informa, una vez más, sobre su interés por anudar problemas económicos y morales como un modo de acercarse tangencialmente a los dilemas de las mujeres. El problema es que esta idea no se sigue en el estudio del Río de la Plata con el que finaliza su tesis. No obstante la cuestión moral es clave pues otros socialistas también la colocaron en el centro de reflexiones críticas sobre la condición femenina. Vale la pena recordar que Enrique del Valle Iberlucea un reconocido dirigente del partido Socialista publicó en 1902 un artículo sobre “La propiedad, la familia y el divorcio” donde  apoyaba la incorporación de la disolución del vínculo matrimonial al código civil. Según  Marina Becerra (2009: 23) esta idea también aparece en su tesis doctoral dirigida por Joaquín V. González y Pedro Luro, aunque no es sólo de del Valle Iberlucea pues el conjunto del partido Socialista tomó una posición explícita a favor de la emancipación femenina (Lobato, 2000; Nari 2000 y Becerra, 2009)

En la tesis de Aguirre de Olivera, a diferencia de Ernestina López y de su hermana Elvira no hay una mención del movimiento feminista pero su postura es evidente pues participa en el Congreso Femenino de Buenos Aires en 1910, donde otra socialista, Carolina Muzilli, obrera ella, presentó una comunicación sobre el divorcio y las propuestas del Centro Socialista Femenino de Buenos Aires fueron aprobadas luego de intercambiar opiniones entre las participantes. En las proposiciones aprobadas se unían reclamos por derechos políticos (sufragio universal para ambos sexos), civiles (divorcio absoluto) y laborales y sociales (treinta y cuarenta días de descanso antes y después del parto con goce de sueldo completo para proteger la maternidad, asiento paras las vendedoras de tiendas, fábricas y talleres, inspección y vigilancia estricta para que se cumpla la ley que reglamenta el trabajo femenino e infantil y el fomento de escuelas profesionales para mujeres).

Las ideas que circulaban en ámbitos universitarios no quedaron circunscriptas a ellos. Paralelamente a la constitución de campos de saberes y a la creación de instituciones de educación superior se organizaron numerosas publicaciones que sirvieron de vehículo para esos conocimientos. Algunas de ellas tenían un marcado perfil político y sociológico, otras eran culturales y no pocas eran feministas. Editadas por universitarias, librepensadoras, socialistas o anarquistas todas ellas contribuyeron a la conformación de una cultura científica y a difundir nociones sociológicas y políticas. Por ejemplo Nosotras: Revista feminista, literaria y social, creada en 1902, dirigida por María Abella Ramírez y Justa Burgos Meyer publicó ensayos sobre el divorcio, profesiones femeninas e ideas feministas. La revista Unión y Labor, cuyo primer número fue publicado en 1909, bajo la dirección de Sara Justo y Matilde Flairoto, contó con colaboraciones de Elvira López y Concepción Arenal entre otras reconocidas militantes. Esta publicación junto con La Nueva Mujer que circuló entre 1910 y 1912 le asignaron un espacio privilegiado al Congreso Femenino Internacional donde participaron tanto López como Aguirre de Olivera junto a una larga lista de mujeres que habían abrazado la causa feminista (Rey et.al, 2013).

 

Epílogo

A lo largo de estas páginas he mostrado que en la Universidad de Buenos Aires, particularmente en la Facultad de Filosofía y Letras, unas pocas mujeres se integraron a esos ámbitos interesadas en pensar y analizar los contornos del debate sobre la participación femenina en la política, la educación, las profesiones, la producción de conocimientos. Se encontraron con un espacio proclive a debatir esas cuestiones, con profesores varones dispuestos a apadrinarlas, aunque no necesariamente abierto a la integración de las mujeres en las carreras laborales universitarias. En un estudio reciente sobre la participación femenina en la Universidad de Buenos Aires en la primera mitad del siglo XX se ha demostrado que ese camino tenía numerosos obstáculos.

Entre fines del siglo XIX y comienzos del XX desde la universidad, pero también desde las publicaciones, se armaron circuitos de difusión de ideas y redes de individuos que ampliaron los contornos del debate sobre la participación femenina en la cultura, la política, el trabajo, sobre el estado de desigualdad, subordinación y discriminación en la que vivían las mujeres y sobre la necesidad de modificar esa situación. Esa peculiar interacción entre cátedras universitarias, congresos y publicaciones se unieron a las prácticas institucionales y a las asociaciones de mujeres que demandaron una y otra vez por sus derechos.

 La recepción de algunos libros, desde Stuart Mill  y Mary Wollstonecraft hasta  los más frecuentemente estudiados en las historias del pensamiento argentino como Spencer, Comte, Lombroso y Le Bon, y la cita que legitima y autoriza la palabra especializada muestran que, al menos en la Argentina de principios del siglo XX, se estaban construyendo ámbitos por donde se desplazaban saberes que se centraban en  las diferencias de poder entre mujeres y varones. He elegido el punto de vista de Elvira López y de Hermosina Aguirre de Olivera  junto con el de Ernesto Quesada porque representan no sólo relatos interrelacionados sino que muestran la compleja trama de relaciones entre sujetos y comunidades diferentes y con desigual poder. Pero también porque exponen que en la contienda discursiva de la época, las mujeres, aunque no ocupaban la escena, tampoco estaban totalmente al margen. Producían conocimientos que luego utilizaban en sus demandas.

 

Bibliografía

Aguirre de Olivera, Hermosina. 1908.  El factor económico en la historia, Tesis presentada para optar el grado de doctora en Filosofía y Letras, Facultad de Filosofía y Letras, Universidad de Buenos Aires, Tesis 1-5-19.

Altamirano, Carlos. 2004. “Entre el naturalismo y la psicología: el comienzo de la “ciencia social” en la Argentina”, Federico Neiburg y Mariano Plotkin (compiladores) Intelectuales y expertos. La constitución del conocimiento social en la Argentina, Buenos Aires, Paidós,  31-66.

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nota biográfica

Mirta Zaida Lobato es doctora en historia por la Universidad de Buenos Aires. Profesora e investigadora en la Facultad de Filosofía y Letras. Investigadora en el Instituto Interdisciplinario de Estudios de Género (IIEGE) y miembro del Consejo Editorial de MORA. Sus investigaciones focalizan en el proceso de conformación de culturas en el mundo del trabajo, con especial énfasis en el análisis de  las relaciones de género. Ha publicado numerosos libros y artículo de su especialidad. lobato@filo.uba.ar


 

[1] Revista Argentina de Ciencias Políticas, Tomo XX, Septiembre de 1915, pp 536-547 y  Boletín del Departamento Nacional del Trabajo, Vol. 1, Nº 1, Junio de 1907.  

[2]. Dice Quesada (1899:30) en uno de los pasajes de la conferencia “El trabajo de la mujer es, pues, un problema en este país; no deja, a la destituida de fortuna hereditaria, más solución que el matrimonio o la miseria, si el vicio no la arrebata”.

[3]  Revista Argentina de Ciencias Políticas (en adelante RACP) , Tomo V, Nº 25, octubre de 1912, p. 5

[4]  En las crónicas sobre el Congreso Americano de Ciencias Sociales  realizadas  siete años más tarde se enfatizaba que los congresos son “verdaderos concilios de la inteligencia” que “tienen por finalidad inmediata, no la de resolver, de manera concluyente, los problemas que en ellos se planten (…) sino la de conocer opiniones autorizadas sobre esos problemas, sobre la manera de encararlos y sobre las distintas claves o fórmulas propuestas para su dilucidación”, RACP, Tomo XII, Agosto de 1916, p. 531.

[5] Entre el 17 y el 23 de mayo de 1910 se realizó también en Buenos Aires el XVII Congreso Internacional de Americanistas.

 

 

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janvier / juin 2013  -janeiro / junho 2013